El Pescador de Ilusiones

 

Ulises Fonseca Madrigal

 


En una primera impresión, la muerte y la violencia en diferentes niveles marcan la factura del Pescador de Ilusiones (The Fisher King, 1991), una película de Terry William que sin embargo logra moverse con naturalidad en el terreno de la comedia y del absurdo a pesar del asesinato y la decadencia  psíquica de sus personajes.

 

Pero al hacer una observación un poco más detenida podría pensarse que la redención y la humanidad son las palabras que describen el contenido general del filme, siendo lo más notable que los realizadores evitaron acompañarlas de solemnidad pesada o bien moralidad ramplona.

 

Guilliam utiliza, como en varias de sus realizaciones, la presencia de personajes parias, principalmente Jack Lucas (Jeff Bridges) y Parry (Robin Williams), diferentes entre sí por sus orígenes, motivaciones y valores, cuyos mundos chocan debido a un acontecimiento nimio, en este caso un simple consejo a través de la radio brindado por Jack, cuyas consecuencias resultan fatales. Tal vez este elemento se trate de una velada referencia a la teoría del caos.

 

Jack vive atormentado por lo que siente como responsabilidad suya, un acontecimiento del cual no tuvo control alguno pero en donde él se siente culpable por su desencadenamiento. Lo cual lo lleva a las actitudes autodestructivas e incluso la consideración del suicidio.

 

Parry, un antiguo profesor de historia, es un simpático indigente que vive en un mundo en donde reinterpreta la realidad a través de fantasías e iconografía medievales. De esta forma teme al caballero de fuego, su terrible antagonista; al sentirse atraído por una joven, encarnada en el personaje de la extraña y ensimismada Lydia Sinclair (Amanda Plummer), siente que debe ganársela como en las antiguas justas; mientras que su principal objetivo es obtener el Santo Grial, objeto que en la realidad se trata del adorno en la biblioteca de un millonario excéntrico aparecido en una revista, que Parry reinterpreta como uno de los símbolos más buscados y codiciados en la Edad Media. 

 


Además, entre toda la gama de personajes excéntricos contrasta la de Anne Napolitano (Mercedes Ruehl), propietaria de un centro dedicado a la renta de videos, quien es el pilar que sostiene a Jack y además debe asimilar sus comportamientos erráticos.

 

Cabe notar la riqueza del lenguaje visual y simbólico. Por una parte, el uso de ángulos inusuales que remarcan los estados de ánimo alienados de Jack, sello personal de Gilliam. Por otra, la presencia de elementos como las referencias a la historia de Pinocho, presente a lo largo del filme; el uso de la leyenda artúrica y con ella la ya mencionada referencia del mito del cáliz sagrado; y las que fueron tal vez involuntarias en los realizadores pero que pueden encontrar referencias actuales, como el caso del indigente en cuyo pasado parece haber sido inversionista, referente a las constantes crisis económicas y sus consecuencias devastadoras.  

 

Con los elementos antes descritos y sus magníficas actuaciones, cabe retomar esta película, parte esencial en la filmografía de Terry Gilliam y contrapunto total de muchas comedias actuales.

 

Morelia, Mich., miércoles 23 de abril de 2014